Detener el tiempo.

-¿Alguna vez has querido detener el tiempo?
-Sí, muchas. A veces lo hago, pero sólo por segundos.
-¿Lo detienes? ¿cuándo?
-Cuando sonríes.

No es que pueda comparar con muchas experiencias pasadas lo que siento por ti, ni siquiera sé si así se sienta, o si el verdadero amor sea algo aún más fuerte que esto. La verdad, eres el primero. El único. Tengo esta frase en mi mente constantemente dando vueltas, se cruza entre la tarea, el sueño, los carros, la gente. Entre los suéteres bordados y las conversaciones inteligentes. Entre el jazz y las buenas películas, y todos los recuerdos que me llegan de repente con pensar en tu nombre  y lo que ha llegado a representar para mí.

Mira, no quiero aburrirte con cartas o resúmenes de la historia que he estado viviendo sola en este lado del mundo, donde a veces nos llegan tus miradas y pensamientos sin querer, donde esperamos tus mensajes y soñamos con tus visitas. Tampoco te voy a preguntar todas las dudas que tengo escritas en la palma de la mano y que cada vez que te veo tengo en la punta de la lengua luchando por salir, porque ya sé la mayoría de las respuestas, y las demás la verdad no las quiero oír.

Lo que quiero es que sepas, con certeza, como se sabe que en la mañana va a salir el sol, como se siente la lluvia fuerte cuando vas corriendo, como te deja sin aliento un rayo de luz a medio día, que te amo. Te amo como sé, así, poquito. O mucho. O no sé, sé que es la única palabra que suena bien. Porque no es un sentimiento, los sentimientos pasan y se acaban y se enojan y se sienten y se agotan y se van. Lo que yo tengo por tí es otra clase de apego, es una decisión que hago constantemente. Es algo que está ahí, que no se va, que se hace más grande, más fuerte. Algo físico, algo que puedo tocar en mi interior. Es esta cosa grande que me hace sentir segura de algo en mi vida, esto que me produce alegría con pensar en ti, en nuestra historia, en la amistad, en el hecho de que tenemos toda la vida para estar así.

Sé que me conoces. Sé que sabes quién soy, qué quiero. Sé que sabes en dónde soy débil. Mis mentiras, mis máscaras, mis defectos, mis vergüenzas. Yo también me sé las tuyas. Y tus arrugas de la frente, también me las sé. Tus dientes, me los sé uno por uno. Y tus ojos, y sus colores, y las migrañas y los temas con los que te pones serio y ves muy fijo hacia abajo. Me sé tus gestos para elegir en el menú y también las cosas que haces cuando sientes que estamos muy cerca o que estoy pensando algo raro sobre el momento y tu y yo.

Lo que yo siento por ti se puede resumir en el hecho de que no te necesito para estar bien, de que estoy feliz sabiendo que eres feliz, en que no me urge decírtelo y en que, además, sé que lo sabes. Lo que tenemos es algo que jamás voy a encontrar en otra persona, porque tu mente, tu talento, tu nobleza, tu inteligencia y tu amor por la vida son cosas que llenan cada centímetro de mi corazón y me hacen querer estallar en felicidad de solo pensar en el conjunto de tu persona.

En fin, podría extenderme y escribirte sobre lo mucho que me gusta tu cara y tus brazos y tu voz y verte parado lejos de mi y verte sentado cerca de mí y de lo mucho que me gustaría despertar a un lado de ti por toda la eternidad, pero para eso tengo un cuaderno lleno de canciones y poemas y cartas y cosas que, no es que esté loca por ti ni mucho menos, ni que tenga la necesidad de hacerlo. Es solo que Dios creó muchas maravillas y me gusta pensar en ellas, pero tu eres mi favorita y me acerca a la Gloria el pensar que Él nos puso juntos en la misma vida en el mismo punto diminuto del universo.

Por eso, a veces me gusta detener el tiempo. Pensar que estamos en un mundo aparte,donde todo lo que nos une y nos separa es una sola cosa. Un segundo, tu sonrisa. Un chiste, un recuerdo, no sé. Cualquier cosa, Las flores, Un saxofón. Me gusta hacer que el mundo gire lento y que lo que vivo al lado tuyo sean pequeñas eternidades, y en cada una soy completa y perfectamente felíz.

No me queda más que decirte gracias por ser quien eres, gracias por enseñarme a amarte en silencio y sin decir nada, como en las novelas bonitas de antes, y perdón si todo lo que acabas de leer no tiene ningún sentido. Nada de esto lo tiene en realidad, y mucho menos el que seamos perfectos juntos en todo excepto en lo más fundamental y profundo de nuestras almas.

Te amo, amigo mío, y nunca te voy a dejar de amar.

Tuya por siempre,

Mariana.

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