He estado pensando mucho, mucho.
He estado pensando mucho, tal vez demasiado. A veces me encuentro diciéndome a mí misma varias veces en un rato que no debo de pensar tanto en eso, que ya pasó, que es de otra época, de otra yo. Pero no puedo evitarlo, es como si te hubieras quedado algo que yo siempre tuve conmigo. Esta dependencia de tu opinión, de tus palabras, de tu cariño. Este recurrente "tal vez algún día"... Pero yo sé, y lo confirmo cada vez que te veo, que no eres para mi ni yo para tí, y es hasta injusto atraparte en esta discusión mía que no tiene final.
Pero, ¿cómo podría no tenerla? Si cada vez que escucho una canción nueva, algo que valga la pena, lo único que pienso es en enseñártela. Ponernos los audífonos y leernos la mente a través de los cables. Si en cuanto empiezan los créditos de una buena película mis dedos se escurren rutinariamente a mandar un mensaje para que consideres verla (conmigo) o en tu casa (mientras piensas en mi).
Cómo se supone que te supere, que te olvide, que te reemplace, si nadie te llega al talón. Si nadie sonríe como tú. Nadie me conoce, nadie me ve, nadie me habla y mucho menos me atrapa como tu. Ninguna voz es como la tuya, ninguna risa me conmueve más. Ningún alma jamás me ha cautivado tanto.
A veces pienso en tu alma. En cómo tienes esa fé que da miedo. Cómo en verdad solo te importa adorar a Dios. Nuestras conversaciones y todo lo teológico instintivo que hemos dicho que se ha grabado en mi mente y que si cierro los ojos llega a mí como un holor familiar.
Estoy hastiada, un poco, de pensar lo mismo. Van ya más de 3 años desde la primera vez que me robaste el aliento, y heme aquí, otra vez, después de otra película cursi y emocionante que me urge ver contigo en una salita mientras todos piensan que hacemos cosas sucias y lo único que ocurre es compartir arte en un nivel sobrehumano que parezco solo yo entender.
Y a tí, ni te pregunto. Ni te enteras, ni te importa, ni preguntas. Y está bien. Que no preguntes. Porque sería doloroso tener que verte a los ojos y saber que voy a perderme de esto, para siempre. Del no saber, especular, adivinar. Leer entre las líneas de tu frente, que vinieron demasiado pronto, como nosotros y nuestra historia. Perderme de pensar en el tú de ayer, y de hoy, y de mañana. En el nosotros. Perderme la dulce sensación de tener algo que es mío, y es hermoso. Tu sonrisa, una vez al mes. Perderme esa espera larga de verte llegar al café. Perderme del secreto de todos mis poemas y canciones que todo el mundo ha oido menos tu. Perderme de tí.
Prefiero perderme en tí. Abandonarme a la idea de que en algún lugar, dado el tiempo, vas a ver la verdad, y entonces la brecha no va a ser tan grande. Los problemas de adultos se resumirían a preguntas de niños. Sí o no. Cuándo y dónde. Para qué perder más tiempo. Te esperé.
He estado pensando mucho, mucho, tal vez demasiado en tí y en tu risa rara que solo sale cuando haces un comentario cruel. También es cruel cuando sonríes, y cuando no me hablas. Incluso es cruel cuando lo haces porque me da una chispita de esperanza, de que sí, de que tu también, de que alguna vez pensaste mucho, mucho, tal vez demasiado en mí.
MZ
Pero, ¿cómo podría no tenerla? Si cada vez que escucho una canción nueva, algo que valga la pena, lo único que pienso es en enseñártela. Ponernos los audífonos y leernos la mente a través de los cables. Si en cuanto empiezan los créditos de una buena película mis dedos se escurren rutinariamente a mandar un mensaje para que consideres verla (conmigo) o en tu casa (mientras piensas en mi).
Cómo se supone que te supere, que te olvide, que te reemplace, si nadie te llega al talón. Si nadie sonríe como tú. Nadie me conoce, nadie me ve, nadie me habla y mucho menos me atrapa como tu. Ninguna voz es como la tuya, ninguna risa me conmueve más. Ningún alma jamás me ha cautivado tanto.
A veces pienso en tu alma. En cómo tienes esa fé que da miedo. Cómo en verdad solo te importa adorar a Dios. Nuestras conversaciones y todo lo teológico instintivo que hemos dicho que se ha grabado en mi mente y que si cierro los ojos llega a mí como un holor familiar.
Estoy hastiada, un poco, de pensar lo mismo. Van ya más de 3 años desde la primera vez que me robaste el aliento, y heme aquí, otra vez, después de otra película cursi y emocionante que me urge ver contigo en una salita mientras todos piensan que hacemos cosas sucias y lo único que ocurre es compartir arte en un nivel sobrehumano que parezco solo yo entender.
Y a tí, ni te pregunto. Ni te enteras, ni te importa, ni preguntas. Y está bien. Que no preguntes. Porque sería doloroso tener que verte a los ojos y saber que voy a perderme de esto, para siempre. Del no saber, especular, adivinar. Leer entre las líneas de tu frente, que vinieron demasiado pronto, como nosotros y nuestra historia. Perderme de pensar en el tú de ayer, y de hoy, y de mañana. En el nosotros. Perderme la dulce sensación de tener algo que es mío, y es hermoso. Tu sonrisa, una vez al mes. Perderme esa espera larga de verte llegar al café. Perderme del secreto de todos mis poemas y canciones que todo el mundo ha oido menos tu. Perderme de tí.
Prefiero perderme en tí. Abandonarme a la idea de que en algún lugar, dado el tiempo, vas a ver la verdad, y entonces la brecha no va a ser tan grande. Los problemas de adultos se resumirían a preguntas de niños. Sí o no. Cuándo y dónde. Para qué perder más tiempo. Te esperé.
He estado pensando mucho, mucho, tal vez demasiado en tí y en tu risa rara que solo sale cuando haces un comentario cruel. También es cruel cuando sonríes, y cuando no me hablas. Incluso es cruel cuando lo haces porque me da una chispita de esperanza, de que sí, de que tu también, de que alguna vez pensaste mucho, mucho, tal vez demasiado en mí.
MZ
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