Habitar y percibir.




Citlali Mariana Zozaya Alcalá
0//04/2019

“En mí se premia entonces, a todo aquél que ha sido tocado por la belleza.” Luis Barragán, Ceremonia de Premiación del Premio Pritzker, martes 3 de junio de 1980, Dumbarton Oaks, Estados Unidos.

La arquitectura es física, matérica, concreta. Lo edificado es palpable, identificable, habitable. El espacio, aunque vacío, es un “algo”, una cantidad específica de lugar, de mundo, de metros cúbicos. El cuerpo, también.

Durante mis años de estudiar Arquitectura, he aprendido que el espacio te envuelve, te llama, te emana algo que no se puede percibir únicamente con los sentidos de lejanía, tal como la vista o en ocasiones el oído. La arquitectura uno la tiene que tocar, que recorrer. Tiene que reconocerse a sí mismo dentro de ella, para poder efectivamente saber que una obra es o no, arquitectura. Por tanto, la arquitectura sin el sentido del tacto no es.

Ya lo dice en su libro “Los ojos de la piel” Juhanni Pallasma; “El tacto es la modalidad sensorial que integra nuestra experiencia del mundo con la de nosotros mismos. Incluso las percepciones visuales se funden e integran en el continuum háptico del yo; mi cuerpo me recuerda quién soy y en qué posición estoy en el mundo (…)”. La arquitectura, la verdadera, debe ser medida y calificada por nuestros sentidos más ingenuos, menos predispuestos y juiciosos. Debe ser vivida con asombro, como quien conversa con un extranjero lleno de conocimientos de otro lugar nuevo y lejano para nosotros.

Dejarse “tocar” por la belleza, como dice Luis Barragán, es tan importante como leer y entrenar el ojo para aprender a identificar la estética y la composición. El mismo Barragán al final de su maravilloso discurso, identifica la verdadera lucha del arquitecto, la finalidad y la utilidad de la arquitectura.

“Hemos trabajado y seguiremos trabajando (…) [para cooperar en] la gran tarea de dignificar la vida humana por los senderos de la belleza y contribuir a levantar un dique contra el oleaje de deshumanización y vulgaridad.” (1980)

Deshumanización y vulgaridad podrían sonar como dos palabras que no van en el mismo grupo de desgracias por las que un profesionista apasionado por la humanidad deba luchar. Quizá hoy, en una sociedad donde se permite prácticamente todo, la vulgaridad podría verse como algo subjetivo, un adjetivo anticuado usado por los que se creían elegantes y mejores que aquellos a los que no les importaba tanto la imagen pública. Sin embargo, Barragán categoriza la vulgaridad junto a la deshumanización, en el mismo nivel que perder las características de razón, piedad, amor, pasión, lucha, las cosas que nos hacen humanos. Si la vulgaridad nos deshumaniza, la belleza servirá de antídoto.

Pero no pensemos en la belleza de lo visual por un momento, y mejor concentrémonos en la belleza de aquello que no se puede adivinar al ver una fotografía o una planta. Aquella belleza del olor del café de olla, la belleza de encontrarse bajo la sombra en Guadalajara durante mayo y que sople el viento. La belleza de la caricia de la brisa en la cara, del agua en los pies.

A la pregunta de por qué las ciudades se han vuelto vulgares, feas, desordenadas y sucias, podemos referirnos a que la arquitectura ha pasado de ser valiosa por lo que tiene dentro, o la función que tiene, o la materialidad de la que está hecha, a ser valiosa por la fotografía que se puede poner de ella en internet. De la fachada que se ve desde la calle cuando pasa uno en coche. De un mensaje que se puede absorber a la distancia, desde fuera, sin interactuar con ella. Sin saber si la piedra de la que está cubierta la pared del frente es verdadera o fachaleta. Sin sentir si aquel zahuan verdaderamente separa la calle de la casa y ofrece frescura, sin oler las plantas para saber si son verdaderas o hechas de tela.

A la población mexicana moderna le dejó de importar el clima de la ciudad, o los materiales de la región. Le dejó de importar aprender las técnicas milenarias de construcción apta para el contexto que nos heredaron los antepasados, y prefirieron voltear a ver los prototipos de casas de otras regiones, donde las cubiertas pueden ser planas sin ser falsamente planas. Donde los muros pueden ser delgadísimos, porque en verano el calor no existe. Donde los patios, los pórticos, los zahuanes, las fuentes, las orientaciones, los materiales y todos los elementos que se diseñaron para dignificar la experiencia de habitar un lugar se olvidaron y se sustituyeron por parcelas alargadas donde se aprovechara cada metro cuadrado de terreno de la manzana porque el inversionista debe recuperar más dinero por las casas de Infonavit.

Lo que a la sociedad mexicana le interesa es el color de la fachada, si la vecina la pintó verde pistache o beige. Que se vean desde afuera los techos con teja, “estilo californiano”, pero también, que todas las ventanas sean ventanales modernos, da igual si la casa está orientada al poniente, en verano se cubre con cortinas. Que en la cochera quepan al menos tres coches. Que el comedor sea amplio, aunque no lo usen más que en Navidad. No importa si el frontón de la fachada de la casa es una moldura de yeso, porque así la casa, de afuera, se ve mejor.

Sin embargo, si al entrar la casa es aburridísima, no está iluminada o le entra demasiada luz, si es demasiado fría o demasiado caliente, si los espacios no alcanzan para los requerimientos de la familia, si el baño está al lado de la cocina o no ventila, si el “patio” es solo un espacio de dos por dos metros con un tendedero y una llave de gas, mientras la fachada, mientras lo que alcanzo a percibir con los ojos y, guiada por mis prejuicios de lo que es una “casa” sean a lo que estoy acostumbrada, y se vean lo suficientemente bien, habitaré la casa. Y perpetuaré la vulgaridad de los constructores que, mientras siga habiendo demanda de casas así, las seguirán construyendo.

Es un fenómeno mundial, que ocurre por la producción en serie de la vivienda debido al crecimiento poblacional. Vulgarizamos y deshumanizamos la ciudad con colonias enteras de construcciones vacías de algo que nos haga verdaderamente habitar un espacio.

“En una sociedad que celebra lo insustancial, la arquitectura puede resistirse, contrarrestar el desperdicio de formas y significados y hablar su propio lenguaje.” (Peter Zumthor). En una sociedad que ya no aprecia la belleza sino el sinsentido, los arquitectos somos los artistas, junto con los músicos, que pueden devolver a la vida cotidiana la trascendencia del arte y la inquietud por desentrañar los misterios de la realidad que nos rodea, yendo más allá de la superficialidad de lo que se ve.

Sin duda, todo aquel que ha experimentado en su carne el placer de recorrer un edificio hecho por un buen arquitecto reconoce la dicha, la curiosidad, el asombro, lo que es quedarse sin aliento al entrar a una habitación o salir de ella. Todo aquel que ha sentido a centímetros de sí un muro de concreto fresco en una tarde de verano, o el que ha introducido sus pies en una alberca de aguas termales con iluminación controlada y soledad solemne, el que ha pasado la tarde sentado en una silla contemplando el paisaje desde un pórtico que lo enmarca, el que ha visto al sol entrar en una sala y ha querido guardar silencio para escucharle posarse sobre la madera de un librero, todo aquel que ha sido tocado por la belleza entenderá la necesidad intrínseca del ser humano de una arquitectura que luche por terminar con la vulgaridad y la deshumanización de privarnos de nuestros sentidos al hacer la actividad más humana, la primera en la historia del hombre; habitar.





Referencias:

Pallasmaa, Juhani. Los ojos de la Piel. La arquitectura de los sentidos. Barcelona: Ed. G.Gili 2006, pp. 10-12. (1º ed. Chichester: Wiley Academy, 2005).

Luis Barragán, Ceremonia de Premiación del Premio Pritzker, martes 3 de junio de 1980, Dumbarton Oaks, Estados Unidos.

Peter Zumthor. (2004). Pensar a Arquitectura. España: Gustavo Gili.

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